Desarrollo motor: entendiendo la “psicomotricidad”.

¿Cómo entendemos el desarrollo motor en los bebés y niños pequeños?

Antes de comenzar a trabajar en el ámbito del neurodesarrollo había oído hablar de “psicomotricidad”.  Entendía el movimiento como un todo o nada: gatear, andar, correr, trepar… Entendía el desarrollo motor como hitos que se van sucediendo casi con saltos entre uno y otro (a veces también se saltaba el gateo). El hecho de que un niño pasase de una etapa a otra era como “pasar de no tener dientes a que asome el primero sin prestar mucha atención a qué está ocurriendo en todo ese proceso” (cuántas veces hemos tenido la sensación de que, de pronto, se ponía de pie!!).

Conocía que del nacimiento a los dos primeros años se desarrollaba la capacidad motora. La cuestión de la habilidad venía después. Una vez conseguidos los hitos motores, el niño sería más o menos hábil y esto se consideraría en función de si lanza más o menos fuerte, tiene más o menos flexibilidad, guarda mejor o peor el equilibrio o usa mejor o peor ciertos utensilios (botones, cremalleras, etc). Según su capacidad, el niño podía ser desde muy hábil a más o menos torpe y eso en cierta medida condicionará sus juegos, sus actividades e incluso sus calificaciones escolares. Si un bebé tenía dificultades para adquirir un hito, había que exponerlo a ello (sentarlo, ponerlo de pie…); si un niño tenía menos habilidad en el movimiento, lo recomendable era que participase en más actividades deportivas.

En los últimos años he vivido muy de cerca el trabajo de los neurofisioterapeutas para abordar el desarrollo de la bipedestación (capacidad de ponerse de pie) y de la marcha, y me ha costado mucho romper el esquema mental de “para que ande hay que ponerlo en pie y hacer que de pasos” (el movimiento como el resultado). Un niño no puede estar preparado para adquirir una nueva capacidad si no posee los ingredientes para ello (“antes de que asome el diente hay mucha actividad bajo las encías”). Quizá, a pesar de no estar preparado llegue a lograrlo, pero con bastante probabilidad será adoptando un patrón de movimiento poco adecuado, compensando o restando eficiencia.

Desde la neurofisioterapia se analiza el movimiento con todos sus ingredientes, entendiendo que antes de alcanzar un nuevo hito es necesario consolidar requisitos previos. Así que, rompiendo mis ideas preconcebidas, comienzo a aprender que para empezar andar es importante sentir (el bebé siente su cuerpo en general, sus pies en particular, sus apoyos), tener la representación mental del cuerpo (conocer dónde están sus partes y sus posibilidades de movimiento), hacer que trabajen las costillas y la pelvis de forma coordinada (tener más control del tronco), etc. Eso llevará al niño a estar preparado para andar y hacerlo sin recurrir a otros recursos como  el bloqueo de articulaciones (bloquear rodillas como si tuviese unas piernas de palo). Así que antes de andar…mucho trabajo en suelo, mucho control del tronco y pensar en la calidad del movimiento más que en la cantidad (movimientos que sumados hacen un movimiento efectivo y eficaz: reparto de cargas, rotaciones…). Y yo que pensaba que lo que importaba era la fuerza en las piernas, y resulta que eso es lo menos importante en el movimiento. Es como cocinar, si tenemos mucha variedad de ingredientes, podremos hacer cualquier receta. Si solo tenemos dos, por ejemplo tomates y patatas, las recetas siempre van a ser las mismas o muy parecidas. El movimiento “enriquece” y “suma” la función.

Un bebé para ir desarrollándose de forma adecuada necesita tener disponible el movimiento (menos hamacas y más suelo), no ser forzado sino facilitar que pueda experimentar sus capacidades (sin tacatás, pero sí con elementos a su alrededor a los que pueda agarrarse y le permitan llegar a cosas super interesantes que hay en alto, por ejemplo), favorecer su interés (sus padres son el mejor estímulo y después el propio movimiento le invitará a ampliar las experiencias y querer interaccionar más con el medio). Hablamos de atención, de motivación, de experimentación con las sensaciones y el propio movimiento, de aprendizaje.

Cuando un bebé experimenta dificultades en la adquisición de habilidades motoras podría consultar con un profesional que conozca el desarrollo motor, analice sus componentes, y que muestre a los padres cómo pueden facilitar el aprendizaje (o que intervenga en el caso de ser necesario porque haya alguna afectación patológica). Muchos padres comentan: “no le gusta nada estar tumbado boca abajo y todavía no ha empezado a gatear; no ha gateado, pero se pone de pie desde los 8 meses; no se suelta a andar porque tiene miedo; no le gusta andar por la playa y se pone a llorar”, por ejemplo.

En situaciones de este tipo hay aspectos que analizar (no es un “lo hace/no lo hace”) y que tienen que ver con todos esos componentes del movimiento:

  • Anatomía (desde el punto de vista funcional, no sólo de la estructura)
  • Sensibilidad (regulación de la información proveniente de los sentidos, sobre todo el táctil y cinestésico)
  • Control de la postura ante la acción de otras fuerza, por ejemplo la gravedad (equilibrio).
  • Regulación en relación al espacio físico
  • El esquema corporal (representación de nuestro cuerpo como un todo y de sus partes)
  • La propiocepción (consciencia de la posición de nuestros miembros, de la amplitud y dirección de nuestros movimientos)
  • Tono (capacidad muscular que permite mantener la postura de forma natural)
  • Lateralidad (preferencia de uso de un lado del cuerpo sobre otro)
  • Integración y coordinación (organización de los prerrequisitos de forma eficiente)

Por otro lado, en el trabajo como neuropsicóloga me he encontrado muchos casos de padres que acuden con sus hijos durante la infancia porque hay algún problema en el desarrollo del lenguaje, les cuesta mantener la atención, son niños excesivamente inquietos o que tienen dificultades en los aprendizajes, por ejemplo. A veces, cuando se pregunta directamente, los padres comentan cosas como: “le cuesta mucho abrocharse; se cepilla los dientes de forma “rara” y tienen que repasarlos siempre; corre yendo de puntillas o metiendo los pies; es muy torpe montando en bici; se suele tropezar mucho con los escalones; siempre se le derrama el agua al beber; tiene muy mala letra…” 

Lo motor no concluye con la adquisición de la marcha. Antes y después de este momento el sistema está trabajando en la integración de sus componentes y en la mejora de la habilidad, no sólo con nuestro propio cuerpo, sino en relación al medio que nos rodea y con la puesta en marcha de habilidades cada vez más complejas que suelen involucrar el uso de objetos. La capacidad de usar objetos y hacerlo correctamente suma procesos a los puramente motores. Cuando hablamos de habilidades motoras más complejas, con más carga integrativa de otros procesos cognitivos, que tienen el componente de ser voluntarias y que muchas veces involucran el uso de objetos, nos referimos a las praxias.

El análisis de los componentes del sistema práxico (atención, función visoespacial, propiocepción, secuenciación, disociación motora, coordinación, etc.) es útil y necesario en estos casos para favorecer el desarrollo y mejorar la actividad. El trabajo conjunto desde neurofisioterapia y neuropsicología proporciona la sinergia necesaria para abordar estas situaciones de forma más eficiente y mejorar el desarrollo cognitivo y motor, que al final es uno, el desarrollo del niño.

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