Retraso madurativo

Con una alta frecuencia, cuando recibo a una nueva familia en consulta y pregunto el motivo por el que vienen, la respuesta es: mi hijo/a fue diagnosticado de retraso madurativo (generalmente hace años), pero sigue teniendo muchas dificultades (y aquí cuentan una serie de datos que reflejan diferentes cuadros del neurodesarrollo). Con casi la misma frecuencia, la niña o el niño tiene más de 7-8 años, por lo que el término encaja poco con el momento vital. La etiqueta lleva acompañándoles años, mucho más allá del “periodo sensible” de desarrollo de la función cognitiva en las que mostraban dificultades (limites temporales en los que se espera que madure una función). Igualmente, a estas familias las dudas les acompañan desde entonces: ¿cuándo madurará? ¿qué podemos hacer?, etc.

¿Qué es el retraso madurativo? Aunque frecuentemente viene reflejado en los informes médicos, hay que destacar que no hay ningún trastorno o enfermedad calificada como tal, sino que el término se usa más bien (o así debiera ser) con una finalidad descriptiva. Nos referimos a una condición limitada en el tiempo, circunscrita a los primeros años de desarrollo infantil, en la que el niño  o la niña no está desarrollando y/o no alcanza habilidades cognitivas o motoras de acuerdo con la secuencia predeterminada.
Se restringe de 0 a 5 años, no obstante, siguiendo esta premisa, también podríamos hablar de retraso madurativo asociado a otras funciones “más complejas” en los últimos años de la infancia (retraso en la maduración de procesos como la abstracción, procesos integrativos, etc.). Hablamos de retraso madurativo asociado a una función o de retraso madurativo global (RMG) cuando afecta a dos o más funciones. A veces el retraso madurativo “simple” es mal llamado retraso “psicomotor”, ya que con este término haríamos referencia a dos o más funciones y por tanto sería RMG.

Lo esencial es entender que en todos los seres humanos hay unos tiempos en los que se desarrollan las funciones cerebrales y que esto se suele llevar a cabo de forma más o menos jerárquica. Cuando se superan estos tiempos dejamos de hablar de retraso madurativo para hablar de trastornos del neurodesarrollo (por ejemplo una niña o niño con dificultades marcadas en la adquisición del lenguaje que persisten a la edad de 4-5 años debería pasar a considerarse como un Trastorno Específico del Lenguaje). Precisamente de la condición de temporalidad dependerá el pronóstico, siendo menos favorable en el caso de que no se resuelva en los tiempos próximos a ese periodo ventana.

Entendemos que una función ha madurado cuando ha alcanzado el máximo nivel funcional. La maduración está determinada por factores innatos (los que vienen de serie con nosotros), pero también es modulada a través del aprendizaje y el contexto en el que se produce. Es decir, el proceso de maduración depende del  desarrollo -genéticamente determinado- de estructuras  cerebrales (multiplicación neuronal, formación y/o poda de redes neurales) y  del efecto de la plasticidad cerebral (“el cerebro se puede moldear” a través de la experiencia).

¿Cómo sabemos cuándo un/a niño/a sufre un retraso en la maduración de ciertas funciones? Se trata de saber de qué manera, en qué relativa secuencia, en qué tiempos se produce el neurodesarrollo en los distintos procesos: movimiento y adquisición de hitos motores, comunicación, lenguaje, atención, memoria, sistema inhibitorio, funciones integrativas (ejecutivas), etc. Así, a través de la observación, de la realización de tareas que pongan en evidencia ciertos procesos, valoramos cuándo un/a niño/a va algo enlentecido/a en su maduración, pero dentro de los rangos normativos o, por el contrario, cuándo se trata de un desarrollo que se va consolidando como deficitario o existe una alteración. El diagnóstico siempre es clínico, aunque también puede apoyarse en la realización de tareas estandarizadas (el rendimiento dos desviaciones estándar o más por debajo la media puede apoyar el diagnóstico clínico).

Un bebé de pocos meses se comunica cuando mira a su madre, le sonríe. Una niña de 4 años puede ser excesivamente inquieta y no suponer un signo de alarma porque se le puede modular de forma externa con cierta facilidad. Un niño de 5 años tendrá dificultades para comprender el lenguaje, cuando se trata de ironías y dobles sentidos, pero las dificultades no estarán en comprender mensaje más simples. Un niño de 8 años puede tener dificultades para pararse a pensar antes de responder o buscar diferentes alternativas de respuesta. Un joven de 20 años puede tener mucha facilidad para reflexionar ante un problema matemático pero dispararse cuando surge un problema cuando está jugando al fútbol. Todo esto son situaciones dentro de la normalidad.

La neuropsicología del desarrollo estudia cómo se van produciendo todos estos cambios en el cerebro y marcando aquellas pautas de desarrollo que son normales y cuáles se escapan de la normalidad, apuntando a determinados signos de alarma en función de la edad del niño/a. Por tanto, ante la sospecha, mi recomendación es que se atendido en primer lugar por un/a neuropediatra y que además se lleve a cabo una buena exploración clínica (más allá de la aplicación de escalas) desde la neuropsicología infantil.

¿Es lo mismo retraso madurativo que retraso mental? La respuesta es NO. Como decíamos, el retraso madurativo es una condición limitada en el tiempo. Las dudas al equipararlo suelen provenir de casos en los que un retraso madurativo global persiste más allá de los 5 años (criterio para valorar afectación intelectual). Es importante entender que un pequeño/a con un retraso madurativo global no está destinado a sufrir una alteración intelectual per se, aunque lo cierto es que muchos de los/as niños/as que se califican con retraso madurativo en la infancia suelen tener otras dificultades cognitivas pasados los 5 años.

¿Cuál es la causa del retraso madurativo? Frecuentemente la causa es el nacimiento prematuro o la escasa estimulación en los primeros meses de vida. Otras veces los retrasos en la adquisición de una o varias funciones pueden estar relacionadas con alteraciones sensoriales (por ejemplo retraso en el lenguaje por hipoacusia), parálisis cerebral, epilepsia, trastornos neuromusculares, otras afectaciones genéticas (metabólica o no metabólica). Sin embargo, en la mayoría de los casos, la causa suele ser difícil de precisar. Debido a la especificidad diagnóstica es necesario acudir a un neuropediatra para que determine la causa y las posibilidades de tratamiento.

 

Si necesita más información o valoración de su caso, puede pedir cita  en el 605823789.

 

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